El zoológico de Chapultepec es testigo de un duelo psicológico sin igual entre un gato naranja y un tigre de Bengala. Desde hace cuatro meses, el pequeño felino doméstico se mete al recinto del gran depredador para robarle su carne cruda. Lo más impresionante no es el robo en sí, sino el hecho de que el gato naranja siempre gana la batalla contra la fuerza, las rejas y las trampas humanas.
El gato, que pesa cuatro kilos, aparece de la nada tres o cuatro veces por semana junto a la charola de comida del tigre de trescientos kilos. Espera pacientemente a que el tigre se quede dormido para empezar su festín. El tigre, que lleva seis años en el zoo, nunca había visto algo igual; su mirada de confusión la primera vez que lo descubrió es algo que los cuidadores todavía comentan entre risas y asombro.
Se han probado todos los métodos para atrapar al intruso: cerrar huecos, poner cebos de atún y hasta cambiar los horarios del tigre. Pero el naranja es imparable: se come el atún de la trampa y sigue hacia el tigre, o simplemente encuentra un nuevo agujero en la reja. Es un maestro del escape y de la infiltración que ha dejado en ridículo los protocolos de seguridad del recinto.
Actualmente, el tigre ya ni se molesta en despertar del todo cuando el gato llega. Solo abre un ojo para confirmar que es su pequeño “socio” naranja y vuelve a soñar, aceptando que compartirá su carne para evitarse problemas con el valiente minino. El gato sigue invicto, con un nombre secreto en el registro del zoo, recordándonos que la actitud importa mucho más que el tamaño.
